miércoles, junio 17, 2009

Alicia en RIL EDITORES


Muchos deben saber, y los que no, pues no lo saben, que Alicia la Niña Vampiro tiene casa editorial, ¿cual es su nombre? Pues RIL Editores. No sólo se la han jugado por nuestra niña de los ojos de Abismo.

Por otro lado quiero contarles que Alicia está disponible para comprar vía Online, en sitio de la Editorial RIL

También me han dicho que estará en las librerías más importantes, eso en Chile, amigos extrangeros, por ahora les pido que hagan sus pedidos a la Editorial directamente.


Suerte y nos vemos.

lunes, mayo 18, 2009

Alicia: Resurrección

Hola comunidad, nos queremos asegurar,
de que en el lanzamiento de Alicia
puedas y quieras participar.

Estaremos en el Parque Bustamante,
mostrando nuestro desplante
con motivo de la Feria Infantil y Juvenil
lo que con nervios nos tiene a mil

Presentaremos nuestra nueva versión
de Alicia, la primera publicación

ya saben, la que se agotó
y ni dos meses duró

con un prologo Jorge Baradit,
y una que otra corrección,
ya aprendimos
de ortografía la lección.

así es que pónganse en acción



El lanzamiento se hará en la 23 versión de la Feria Internacional del Libro Infantil y Juvenil en Providencia
El lugar: Parque Bustamante. Metro Bustamante, esquina Bilbao.
Esto será el 7 de junio entre las 15:00 y 16:00hrs en la Sala del Asombro.
Asi como de buena onda les dejo esta invitación doble, la cual deberan imprimir. Con esto podrán entrar gratis a la feria:





miércoles, marzo 11, 2009

Apuntes: Los Bárbaros


BÁRBAROS EN EL PUENTE

La Caída de un Imperio

Hacía fines del siglo cuarto, después de Cristo, Roma, la ciudad eterna; centro del imperio más basto que jamás conoció el mundo, había sido testigo de la decadencia de su gente, de sus costumbres. La fuerza guerrera que los llevó a dominar el mundo conocido se estaba acabando, siendo reemplazada por un temor que acosaba a sus ciudadanos en cada esquina, en los ojos de cada nuevo invasor que cruzaba las otrora impenetrables fronteras. Los poderosos Patricios, con sus milicias personales, se habían retirado a ciudades más pequeñas, lejos de la plebe y el peligro. El mismo emperador había escapado en pos de un refugio más apacible. Es verdad, la amenaza se asomaba por el este, eran los bárbaros de origen germánico, que buscaban en las tierras del imperio, un lugar para llamar hogar.
La invasión comenzaría mucho antes, hacía el siglo tercero después de Cristo. Cuando los Godos, los Gepidos y otros grupos se asentaron en la actual Alemania. ¿De dónde venían? Su origen variaba, algunos eran hijos de las estepas orientales, otros presumiblemente se estaban dejando caer desde el norte helado. No todos eran violentos y brutales, por el contrario, muchos buscaron la protección de Roma contra sus enemigos y a cambio sirvieron como legionarios en muchas campañas. Pero conforme pasaron los años la presión aumentaba, ¿la razón? Un pueblo de origen mongol, conocido simplemente como los Hunos, comenzaba a forzar la migración de distintos grupos, contándose entre estos a los Francos, los Vándalos, y Suevos. Otros pueblos no germánicos también se sumaron a este tremendo caldo de cultivo, este es el caso de los Alanos, que eran de origen pérsico.

Estas invasiones, violentas algunas, paulatinas y pacífica las otras, combinada a la ineptitud de algunos emperadores, terminó por debilitar el imperio, al punto de transformarse en una cáscara hueca, con emperadores títeres que servían a los invasores.
Hacia el año cuatrocientos diez Alarico I, quién había servido de general tanto para Roma, como para el imperio oriental, ataca y saque la ciudad por primera vez. Dando un golpe fatal, del cual no se repondría jamás. Cuando esto sucedió, Honorio, el emperador. se encontraba en su villa junto a sus amadas aves. Cuando uno de sus sirvientes le anunció que Roma había caído, este lloró desconsoladamente, pero no por la ciudad, sino porque creía que se trataba de una de sus más queridas Gallinas. Sin embargo Alarico, no quería la ciudad, era un problema para él, que buscaba un territorio para los Godos del Oeste, o Visigodos. Por el contrario, aceptó que el emperador le ofreciera las ricas tierras de Aquitania, en la Galia, a cambio de derrotara a los Vándalos y expulsarlos hacia África.
La invasión no se detiene, los Hunos marchan sembrando muerte. Se dice que por donde su líder, Atila, pasa, nada vuelve a crecer. Esto sumado a una hambruna provocada por un crudo invierno, pone al ya malogrado imperio, en jaque.
Los últimos héroes del imperio están empapados de la cultura bárbara, Stilicho, que enfrentó a Alarico era mitad Vándalo y Aetio, quien enfrentaría y detendría el avance casi imparable de Atila, había sido entrenado en las costumbres de los nómades Hunos. El mismo Papa debió negociar la paz con los estos últimos. Y para suerte de occidente, Atila cae muerto la noche en que se desposaba. Pero la sombra ya caía sobre Roma, pues los Ostrogodos, los Godos del este, al mando del gran Odoacro derrocaron al último emperador, Rómulo Augusto, al que llamaban Augustulo (a modo de diminutivo ofensivo que quiere decir pequeñín). Otros bárbaros entraron en el caído imperio, como los Lombardos, los Sajones, los Anglos, penetrando con su cultura e idioma, modificando el mapa humano de lo que antes fuese la hegemonía romana.


Gritos de Guerra

Las nieblas de los tiempos han descendido sobre Europa, desde el Norte de África, hasta la lejana tierra de Bretaña. El acero se abre paso cortando escudos, cada nación intentará sobrevivir al poder aplastante de la otra. Es un tiempo donde nadie sabe lo que traerá el mañana, o si es que habrá uno.
Los amos de la guerra deciden quien vive, y quien no. Algunos monarcas harán lo posible abrazar la cultura local, la religión y las instituciones romanas; sin embargo otros, harán de la piratería, el saqueo y la destrucción su forma de vida. A continuación hablaremos de los pueblos y sus líderes, algunos de los cuales se transformaron en leyendas y otros que en pesadilla.

Geiseric, líder de los Vándalos

Su nombre significa, Rey Lanza. Se presume que habría nacido alrededor del trescientos ochenta y nueve después de Cristo en el lago Balaton, en lo que hoy llamamos Hungría. Su padre, fue el glorioso rey Godigisel. Este le habría dejado su reino a su hijo mayor, Gunderic, pero este moriría en la península Ibérica, dejándolo como monarca de dos pueblos, Vándalos y los Alanos.
Su naturaleza combativa y valerosa lo hizo dar gran batalla a los Visigodos, que eran más numerosos y comenzaban a tomar control de lo que hoy son España y Portugal. Como corría el riesgo de perder a su pueblo en manos de los godos, cruzó el estrecho de Gibraltar con ochenta mil hombres e invadió Cartago. Aprovechó la debilitada relación de los romanos que ahí vivían tenían con el imperio, pronto el reino era suyo. Lo primero que un monarca en tal situación debe hacer es construirse una flota, cosa que hizo eficientemente, y la usó para saquear las costas mediterraneas, encendiendo el fuego del caos y la destrucción en Sicilia, Cerdeña y Córcega. La leyenda dice que Geiseric temía a los caballos, por una caída cuando pequeño, por eso aseguró que su gloria viniera del mar. Y así lo fue, durante treinta largos años dominó con gran genio militar.
Su fe, al igual que la de muchos germanos, era la Arriana, un tipo de cristianismo que aprendieron los germanos mientras cruzaban las tierras orientales.
Hacia el cuatrocientos cincuenta y cinco inició un ataque contra Roma, algunos dicen que fue despiadado, dando origen al término “Vandalismo”, pero otros señalan que sólo se robaron el oro y la plata, además de tres damas muy distinguidas, la emperatriz Licinia Eudoxia, y sus hijas Eudocia y Placidia. Su poderío moriría con él, ya que sus sucesores si bien mantuvieron el estado, fueron perdiendo la soberanía que el audaz monarca sostenía.

Los Dioses Nórdicos: las deidades que eran adoradas por los muchos pueblos germánicos variaban muy poco en cada caso. Algunas veces los nombres y pronunciaciones variaban, o se les atribuía alguna cualidad relacionada con la zona en que se encontraban, aquí encontrarás una lista con los dioses más representados entre estas culturas:

Los Aesir, los dioses positivos, de los pueblos nórdicos, son los Ése de los Anglo-Sajones, y los Esir de los Sajones continentales.

Nórdico Anglo-Sajón Sajón Alemán Antiguo
Odín Wodan (Woodan) Woden Wotán
Thor Donar Thunaer Darmer
Frigg Frigga Fredja (Freya) Frika







Alboin, soberano de los Lombardos

Los Lombardos, o Longobardos (barbas largas) eran un pueblo de origen nórdico, que fieles seguidores de la religión de Odín, unen su origen a los mismos dioses. Según esta historia, una pequeña tribu de Escandinava, llamada Winili había dejado su tierra y marcharon al sur. En este camino se encontraron a los Vándalos, que aún vivían en la zona. Ellos le ofrecieron a los recién llegados dos oportunidades: pagar tributo, o ir a la guerra. Los Winili eran jóvenes y valientes, pero no podían vencer una batalla contra una tribu tan grande. Entonces consultaron a Wotan, Odín. Este dijo, “quién vea primero el amanecer, ha de ganar esta disputa”. Gambara, la reina, buscó ayuda de Frigg (Freya), la esposa de Odín quien se apiadó de la mujer y le dijo que si las mujeres se ataban el pelo a modo de barbas, verían el amanecer antes que cualquier hombre. Así fue y cuando Odín contempló a los madrugadores, se dijo: “¿Quién son estos barbados?”. Desde entonces fueron conocidos como Lombardos, o Longobardos. Esta historia nos es relatada por el Diacono Pablo, quien escribió el texto Historia Gentis Langobardorum, la historia de los Lombardos.
Así es como Alboin, heredero de esta tradición sagrada se crió como guerrero bajo la tutela de un padre estricto, Audoin. Los vecinos del monarca era los Gepidos, otro pueblo guerrero con quienes tenían un tratado de paz. Durante una comida, Alboin los maldice, tiene un enfrentamiento cara a cara con el príncipe de estos, Turisimond a quien vence, y asesina en frente de numerosos testigos. Una vez que hizo esto, se preguntaron si el joven ya estaba listo para sentarse con su padre, pero este dijo que de acuerdo a la costumbre, tendría que ganarse las armas de otro rey. Y eso intentó, fue hacía el castillo de los Gepidos, estuvo a punto de morir en manos de los guardias, pero el orgulloso príncipe fue perdonado y regresado a su padre.
La tensión entre ambos pueblos crecía, hasta el punto que el enfrentamiento se hizo inevitable. Cunimund, rey de los Gepidos declaró la guerra contra los Avaros y contra los Lombardos. La lucha fue sangrienta, pero el vigoroso Alboin pudo obtener la victoria. No sólo destruyó para siempre la nación de sus enemigos, sino que asesinó al rey y con su calavera se hizo una copa tradicional, conocida como Scala. No sólo eso también tomó por esposa a Rosemunda, la hermosa hija del difunto rey. Si creemos la leyenda, incluso la obligó a beber de la copa hecha con los restos de su padre.
La leyenda del poderoso monarca fue escuchada en Roma, y se le pidió que viajara para detener a los Ostrogodos, quienes saqueaban la tierra. No sólo los detuvo, sino que les aniquiló, eliminando a Totila, el último gran monarca de esa tribu. Cuando regresó a sus tierras, era rico y temido, pero algo le faltaba.
Con la ayuda de veinte mil sajones, marchó hacia Italia. Conquistando ciudad tras ciudad, masacrando a cientos, negociando protección con los Obispos, conquistando Milán como muchas otras ciudades, con excepción de Roma. Se dice que cuando llegó a la ciudad de Ticinum, actual Ravena, encontró una resistencia tan poderosa, que prometió matar a cualquier cosa que se moviera, tal era su cólera. Sin embargo cuando cruzaba el puente de la ciudad, su caballo se desmayó y murió. Este hecho increíble hizo cambiar su parecer y perdonó a la ciudad, salvando así sus habitantes.
De regreso en el hogar, Rosamunda le espera. Además de una sorpresa, ella a puesto su espada a resguardo, y junto a uno de sus sirvientes ataca a su marido, este se defiende con la pata de una cama, pero es asesinado y enterrado en su propio castillo. Así terminaba su leyenda, pero no su legado, los duques mantuvieron algunos puntos de poder en la península itálica, hasta que años más tarde fueran vencidos por los Francos de Carlomagno.


Atila:

El más conocido rey del pueblo de los Hunos, su figura es mito, y es muy complicado separara los hechos de su vida con la ficción que sus enemigos inventaban sobre él. Sí sabemos que su pueblo venía de las estepas, y originalmente habrían tenido una gran dinastía en el Turkestán.
Era un jinete excepcional, como muchos de su etnia, era un gran arquero y se dejaba aconsejar por hombres más cultos, como Orestes, que era Latino y Onegesies, que era griego. Entendía bien la política romana y sabía la debilidad del emperador de occidente. En sus batallas sometió a Godos, Burgundios, Bizantinos y Romanos de Occidente. Hasta ser detenido por Aetio. Esta batalla le costó ciento ochenta mil hombres al poderoso Atila. Aún así no estaba derrotado, y amenazó Roma, pero el Papa León I le detuvo, unos dicen que diciendo que había una peste en Roma. La verdad es que luego de su retirada a Panonia muy poco se sabe, tan sólo que murió la noche de bodas, posiblemente de una apoplejía.






Los Merovingios, reyes de los Francos


Ningún otro pueblo se sintió más heredero de Roma que los Francos. De hecho no se sentían germanos, a pesar de las evidencias que los sitúan en la parte baja del Rhin hacia el siglo tercero después de Cristo. Se dice que sus poderosas tácticas de guerra estaban basadas en la planificación y la preparación, lo que era realmente una excepción entre las tribus bárbaras.
Lentamente fueron ganando la confianza del imperio y son llamados Federados, es decir, parte del imperio. Así ponen sus tácticas a favor del imperio, luchando contra otros bárbaros, derrotando incluso a los poderosos Visigodos y expulsándolos de la Galia. Mucho se ha escrito sobre los guerreros francos, pero lo más notable es el uso de las armas, ya que portaban tanto espada, escudo y un hacha arrojadiza llamada Francisca. La leyenda que los mismos reyes francos crearon sobre ellos, les hace herederos de Troya y Roma, descendientes de un monarca llamado Francio, descendiente de Príamo. El espíritu civilizador de los Francos tiene un primer apogeo en los poderosos reyes Merovingios, también llamados, los Reyes Larga Cabellera. Childeric I triunfa en legendarias batallas contra los Sajones y los Visigodos, llevando la paz a una zona que había estado dominada por numerosos líderes militares, pero su hijo Clobis es quien unifica toda la Galia, alcanzando la paz entre Galorromanos y Francos. Todo, menos Borgoña, que estaba en manos de los Burgundios, una tribu de origen nórdico.
Un gran florecimiento de las artes y la religión acompaña a estos reyes. Pueden financiar su cultura gracias a sus grandes campañas, botines bien distribuidos y un tesoro nacional siempre creciendo. Pero tanta comodidad no podía ser buena, y los reyes dan le poder a los mayordomos de palacio, que eran una especie de primer ministro. Así las guerras entre estos comenzó a debilitar su poder.
Carlos Martel, fue un mayordomo que se reveló contra los nobles, a fin de recuperar el poder de los Francos. No derrocaría al monarca, sino que gobernaría en su lugar. El martillo, como se le conocía, era un hijo ilegitimo, sin derechos reales, pero su fuerza y astucia le abrió puertas cerradas para otros. Aún así tuvo que lidiar con una guerra civil contra otros pretendientes al cargo, sin embargo fue benigno en la victoria, él necesitaba un estado, no más sangre.
Muy pronto su hora de la verdad vendría, cuando el diez de octubre se enfrentase a las fuerzas del Umayyad en la batalla de Poitiers, también llamada batalla de Tours. A las puertas del reino franco aparecieron las fuerzas musulmanas que antes habían conquistado a los Visigodos en la península ibérica. Con ayuda de aliados armó un ejército notable, que impidió el paso del Islam al interior de Europa. Los Francos bajo Martel encontraron nuevos bríos y libraron grandes batallas, desde entonces la dinastía gobernante fue la Carolingia, tema que trataremos en otra oportunidad.





Sigfried:


Algunos héroes conocen mil versiones, otros tienen su equivalente en el mundo real, pero muy pocos son héroes dos o tres veces. Es protagonista de la Saga Volsunga, y del Cantar de los Nibelungos, pero existen tantas variantes como países nórdicos hay, algunos Eddas lo incluyen y le mencionan, como uno de los héroes más importantes entre los mortales. Wagner inmortaliza el Cantar, en su Der Ring des Nibelungen.

Sigfried, o Sigurd, sería hijo de Sigmund, rey de los Burgundios. La historia se sitúa en pleno ataque de los Hunos, que destruyen el reino de sus padres. Sigmund habría muerto combatiendo a Atila, en algunas ocasiones Atila es reemplazado por Odín en persona, pero disfrazado. El héroe fue parido por su madre en medio del bosque, ahí fue criado por el herrero llamado Mime, este le forjó una gran espada, Balmung. Con esta enfrentó a un dragón conocido como Fafnir, una vez vencido este, se baña en su sangre haciéndose inmortal, excepto un punto en su espalda. Al igual que Aquiles, si era herido en este, moriría. Se casaría con Krimilda, pero también se ganaría el amor de la huraña y desdichada Brunilda.
Un traidor llamado Hagen, conspirando con Brunilda, asesina al héroe. Pero se suicida, no soporta el mal hecho. Más tarde Krimilda es desposada por Etzel, quien estaba conspirando para que la desgracia ocurriera. Este hombre es una imagen para el ya mencionado Atila. Quien moriría asesinado por mujer, en un paralelismo con la historia real. Luego esta se arrojaría al castillo en llamas, incendio que ella había provocado.




El Dragón Rojo, El Dragón Blanco, los Sajones en Inglaterra


La historia de los Sajones en Inglaterra, o Anglo-Sajones, resulta más sencilla de seguir a través de las leyendas, que de los registros históricos. Algunas fuentes dicen que algunos mercenarios Sajones fueron invitados a la isla para ayudar a los romanos a repeler las constantes oleadas de Scots y Pictos que cruzaban el muro de Adriano; aunque esto es posible, hacia el cuatrocientos cuarenta y seis (fecha discutida) se habla de piraterías e invasiones por parte de los Sajones, que atacaban las villas británicas que cada vez tenían menos apoyo de Roma.
Poco a poco la migración fue tomando lugar, y los británicos que no tenían mayor apoyo formaron milicias que finalmente detienen la invasión en la batalla de Mons Badonicus. Por mucho tiempo se creyó que esta batalla no era más que un mito, pero evidencia arqueológica ha demostrado que realmente ocurrió hacia el cuatrocientos noventa y cinco, además la población sajona parece haberse detenido. ¿Quién dio este gran golpe a la fuerza invasora? Un rey cuya existencia no se ha probado, llamado Arturo. Estos y otros relatos están detallados en el texto llamado Mabinogion, repetido después en los textos medievales.
A pesar de la victoria momentánea de los británicos, las migraciones siguieron y pronto la población sajona se encontraba distribuida por casi toda Inglaterra, con excepción de los reinos de Gales, las tierras Pictas, y la Dalriada, la tierra de los Scots. Aquí encontramos otro mito, Geoffrey of Monmouth, quien escribió sobre Arturo y sus caballeros, nos cuenta el encuentro de un Dragón Rojo, símbolo de los británicos y un Dragón Blanco, símbolo del conquistador. El blanco habría sumergido al rojo en un lago profundo donde aún duerme. A esto se le llamó la profecía de Merlín, ambas bestias son usados como símbolos en la isla, el blanco por los ingleses y en Gales el rojo es parte del orgullo nacional.
Mitos aparte, los Sajones tuvieron muchos problemas para gobernar, desde los Pictos al norte, hasta sus primos, los Vikingos que exigían tributo a las tierras que creían les pertenecían por derecho sanguíneo. De hecho, el último rey de los Sajones Harold, se enfrentó con su primo, el vikingo Harald, y luego con el Normando, también de origen nórdico, William por el trono de Inglaterra, perdiéndolo con este último.

Roderic, el último de los reyes Visigodos


Los Visigodos fue uno de los grupos más importantes entre aquellos que entraron a Europa después del siglo cuarto. Sus reyes fueron algunas veces aliados de Roma, otras fueron grandes enemigos, recordemos a Alaric I que saqueó la ciudad. Otros grandes líderes se enfrentaron a los Hunos junto a las legiones, y finalmente, expulsados de la Galia por los Francos, conquistan Hispania.
Roderic, o Rodrigo, era un hombre poderoso, y fue escogido para el cargo por un grupo de nobles que se oponían al dominio de Witiza y su hijo Agila. Eran tiempos duros, y la enemistad entre los señores estaba costando caro, el reino se había dividido y la península ibérica se había vuelto atractiva a un pueblo que se estaba expandiendo, los árabes.
Según la leyenda, Roderic estaba paseando un día y en un lago vio desnuda ala mujer más hermosa del mundo, la joven que sería conocida por la historia como La Cava, hija del feroz duque Julián. Para siempre quedó encantado por su belleza y cuando decidió seducirla, deshonró a su poderoso padre, que además era partidario de Agila. Este negoció con los musulmanes quienes el año setecientos once entran a la península destruyendo a las disminuidas huestes del monarca. A Agila se le reconoce como rey, pero tendría que irse a el exilio, y Ardón su sucesor, quien se dio cuenta que el Islam había llegado para quedarse, comenzó una resistencia, que fue apagada efectivamente. Unos años más tarde, Don Pelayo, monarca de Asturias comenzaría una pequeña resistencia que se considera la primera chispa de la Reconquista, pero esa es otra historia.

viernes, febrero 20, 2009

Alicia

Alicia era pequeña,
hasta que un día besó al universo,
entonces ya nadie más entendió sus palabras

estaba tan arriba,
que sólo amándola podías escuchar sus
susurros.

martes, febrero 03, 2009

Libre Albedrío en la Iliada





1. La Guerra.


Los primeros pensadores griegos, ya sean autores dramáticos, poetas, o filósofos, tenían una percepción trágica de cómo estos quedaban encadenados a los hechos, y lo que estos producían. Sin embargo, ellos entendían esta vinculación como algo natural, lo llamaban simplemente “naturaleza humana”. Algunos avanzaron más allá, y subyugaron a sus personajes a un destino contra el cual, sólo unos pocos pueden combatir; aunque se encuentra tan indefenso, tal como el resto de los mortales. Estos héroes lucharán, cada vez más cerca de un destino, el que puede ser anticipado tan sólo por un individuo habitualmente desconectado de la realidad, por ejemplo, Tiresias, en Edipo Rey. Un ciego, que está a salvo de los vicios y distracción traídos por la visión. Entonces, vemos por ves primera a los sentidos como engañadores, o al menos como un elemento distractor. No nos quedemos ahí y avancemos, creo que estamos viendo un camino claro, no quiero perderlo escondiéndome en filosofías que otros pueden pensar y escribir mejor que yo.
En nuestra amada y familiar Iliada, vemos como los hombres han iniciado la guerra de Troya. El poema representa a hombres peleando en ambos lados, atrapados entre sus hombres, esclavizados por juramentos y lealtades. Son ellos quienes se arrojan a la guerra, sin embargo, son moldeados por esta. Son transformados por su búsqueda de victoria: todos curiosamente sabiendo que ésta se encuentra próxima, aunque es resbaladiza y se escapa. Y cada vez que esto pasa, la muerte aparece. En la cresta de la ola, ellos olvidan su propia vulnerabilidad, y con ella se va algo de su humanidad. Son despiadados con el derrotado, o quien está a punto de serlo. En esta incapacidad de verse a si mismos, y a los otros, en esta arrogancia que sólo aumenta sus poderes, es que ellos se transforman en los títeres de un destino del cual ellos nunca serán arquitectos. Son sus fortunas las culpables de esa arrogancia, caprichosas damas siempre listas a cambiar. La arrogancia de la que hablamos descansa en una burbuja vacía, que se sustenta en una mentira que esconde sólo por poco tiempo al enemigo: la condición humana.
Cuando la ola del destino los arroja, aprenden lo que es estar bajo el acero y la piedad de otros, que siempre serán tan duros como ellos lo fueron con sus enemigos. Llegan a ver que su pasada fortuna era algo insostenible, y ciertamente no confiable. Ante el rostro de la derrota ellos han aprendido sobre la ilusión del poder. Nunca fue realmente suyo, esto no es un juego literario, sería un error entenderlo así. No, esto es una imagen real, el ciego y borracho de poder cree en su propia inmortalidad, hasta que es despojado de su mentira y aparece la metálica verdad, con ella los despojos de su vida.

2. Lógica Hoplita
El poema nos muestra al poder como algo deseable, por todos quizás, pero también inapropiable, nadie puede hacerlo suyo, no en esta realidad. Los que se le aproximan son engañados por la ilusión que recorre a toda la obra: son lo suficientemente fuertes como para enfrentar solos cualquier obstáculo. El poder que quieren ejercer no existe, y la ilusión los esclaviza, consume su ser con cada línea que Homero nos regala.
En casa, los Griegos tienen preocupaciones distintas y lejanas a las del poder. Algunos tienen buenas vidas, esposas e hijos. En el campo de batalla todas estas cosas parecen inmateriales, parte de un mundo pasado o ilusorio. No hay en ellos el componente esencial de la vida de estos héroes, Gloria. Por su lado los Troyanos, están en su ciudad tranquilos cuando el hijo de Priamo, Paris, rapta a la joven y hermosa esposa de Menelao. Los griegos, levantan una expedición hacía la gran Troya, reclamando la traición que ha sido este rapto, cuando esto pasa, todos los actores de esta obra han renunciado a sus vidas, en mayor o menor medidas.
Si bien ellos siguen siendo “ellos mismos”, han sido cortados de su vida, no hay vuelta atrás. Su destino ha sido remplazado por el deseo de triunfar, de aplastar al enemigo y salir con vida, o mejor, con gloria. Son seres unidimensionales en el campo de batalla, no tiene opciones pues han sido poseídos por un espíritu que exige de ellos mucho más de lo que cualquiera de nosotros podríamos pedir de alguien. En algunos pequeños lapsos, recuperan su humanidad, lloran a sus muertos, a sus vidas pasadas, recuperan sus humanidades. Incluso algunos nacen como adultos en este punto, Odiseo y Paris son caracteres infantiles casi todo el tiempo, hasta que florecen. No importa, no podemos encariñarnos con su humanidad, pues la perderán en cualquier minuto. Cada pieza de la obra se va ordenando, y los personajes caen en círculos de venganzas, que entraban para siempre sus destinos. Están claro en una cosa, se destruirán, no importa el costo personal.
En ese escenario su fortaleza física es lo único con lo que pueden contar, es el único punto donde ellos puede reconocerse a si mismos como individuos y merecer reconocimiento. Es el opuesto a estar indefensos, se aferran a esta con tanto fervor que pronto esa fuerza los transforma en cosas, sin vida, sin humanidad.
No hay otra pieza literaria tan clara sobre la esclavitud del hombre a los eventos, que si bien son naturales, no poseen reflexión. Los miedos animales han emergido aquí como un medio de preservar la propia vida, los individuos aquí no ponen su propio marco para conocer la realidad, menos para poder moverse en ella.
Son pocos los momentos de gracia en la Iliada, Simone de Veil los ve: “aparecen sólo para mostrar la violencia y la destrucción que ella traerá”.

3. Más allá de los muros de Troya.
Se dice que Homero ha tomado el poder de la naturaleza en sus manos. No nos deja escoger entre antagonistas, nos priva de la posibilidad de ver la luz en nuestros héroes. Miremos otras épicas, Tolstoy, como un ejemplo fácil y conocido. Nos muestra a sus personajes como seres capaces de tremendas luces, sin embargo ambos autores quieren relatar y entregarnos mundos tan reales como los entrega la naturaleza, sabemos ahora, que es imposible. Ni Tolstoy, ni Homero son la naturaleza, aunque miren el mundo con los ojos de dios. Ellos han juzgado a sus personajes, lo han hecho con amor. Ambos autores iluminan la obra con la luz de la justicia, incluso cuando esta parece tan imposible en el mundo de la Iliada. Es que precisamente su ausencia es tan conspicua, que se nos hace evidente su retorno.
Lo que salva a los personajes no se encuentra en la batalla, al menos no en la Iliada, ni en la Guerra y la Paz, quizás en ninguna épica. La seguridad de que el espíritu trascenderá a los ríos de sangre, a la muerte y al dolor, otro mundo espera a los gloriosos. Los que triunfan en este mundo tienen otras armas, paciencia, fe y una rebeldía que revoluciona los cimientos sobre los que la obra esta escrita. ¿Qué estoy diciendo? Muy sencillo, ambas obras están sentadas en épicas y hechos puntuales, probablemente reales como los cerros, los mares y los desiertos. Pero conforme avanza, los seres excepcionales clásicos como Héctor y Aquiles son destruidos, por su invisible destino. Pero han surgido otros, incluso los dioses han cambiado. Así es, como decíamos, florece Odiseo, su ingenio, que es traición, pero también es libertad. Así vemos como el amor del autor nos libera del peso de su relato, porque ya no es una crónica, sino un poema. Yo como dije al comienzo, quería hablar de libre albedrío, este es mi primer aproximación al tema, pero he de seguir. Por ahora digamos que la luz del albedrío se hace más notable en su ausencia, al menos eso es lo que nos enseña Homero.

martes, diciembre 16, 2008

ÁNGEL COTIDIANO


Saludos amigos y amigas, he estado dedicado a la vida cotidiana, que muchos deben encontrar aburrida y convencional, pero para mi encierra misterios increíbles. Como sea, yo mismo me sorprendo de lo intimidado que me siento por esa cosita llamada cotidianidad.

Como sea, quiero empezar este nuevo tiempo del Blog cambiando los colores, no es que me haya puesto bueno y Light, o que alguna vez haya sido el príncipe de las tinieblas, sólo quise cambiar, y seamos honestos, negro con letras blancas ni se leía… y como digo tonteras, pero las digo, me gusta que se lean.

Los dejo por ahora, ya regresaré...

miércoles, diciembre 10, 2008

Poema de combate No. 3462

En algún lugar de
nuestro cuerpo descansan
tanto la mente,
como el espíritu

la experiencia puede
acabar con ellos

unos pierden la mente
y se vuelven locos

otros pierden el espíritu
y se vuelven intelectuales

pero otros, pierden tanto
espíritu como mente
y se vuelven... aceptables

lunes, octubre 20, 2008

Aire


No queremos más
esperanza, cuentos al
negruzco aire

sábado, octubre 11, 2008

El Renegado



Veinte demonios
marchan por mi ventana
me pregunto donde van
y porque no me invitan

dudo que me tengan miedo,
quizás sólo les parezco aburrido,
opinión que seguramente compartes

ellos cantan canciones y beben vino tinto,
no discuten, sólo se alejan como un
carnaval que sólo puede conocer la alegría

no los culpo
paso demasiado tiempo con estos poemas
y muy poco atendiendo mis labores sindicales

un día simplemente regresaré al infierno,
cuando termine de recorrer el mundo
del hombre y derramar mi gentil aburrimiento
por cada uno de sus rincones.

viernes, octubre 10, 2008

Un Mito Zapoteca





Hola, quiero poner aquí un mito que aprendí en mi último viaje a méxico, disto mucho de ser autor de esta redacción, sólo la he tomado prestada y quiero compartirla con ustedes, los amantes de la mitología.


El rey Cosijopí, heredero directo de las hazañas de sus antepasados, era un terrible indio indómito, de bronceada tez, que tenía una hija, la bella Donají.

Este rey gustaba de tener distintos lugares como centro de sus correrías para defenderse de sus enemigos, los mixtecas, los aztecas y especialmente de los conquistadores.

Por ello mismo llegó a instalarse en el punto denominado Cerro Venado -de Dani , cerro, y Dixhina , venado-; en la cima de Dani Dixhina edificaron su palacio estando en inmediaciones del pueblo de Tlacotepec.

La joven princesa tenía la costumbre de dar sus cortos paseos matinales por lugares cercanos a su palacio y en uno de tantos descubrió un pequeño río que en su trayectoria formaba una caída, una cascada formando una laguna.

Las aguas desembocaban en ella pasando sobre una enorme piedra llana y saliente, de tal manera que por debajo quedaba una cueva grande que mucho le agradó y le llamó su atención, convirtiéndola en su baño natural.

En la actualidad, este lugar es conocido con el nombre de Guela Bupu, de Guela, hondo, y Bupu, espuma, (hondo espumoso) que producen las aguas en su caída.

Sin embargo, la princesa Donají no dejó su costumbre de dar sus paseos matinales por los cercanos bosquecillos, ya que a ellos afluían diversidad de pajarillos de vistosos plumajes o de admirables cantos que ella gustaba de ver y oír.

Después del paseo, solía bañarse en Guela Bupu; a veces gustaba alejarse de sus propios dominios.

Un día se alejó tanto que no hallando el camino para regresar se dispuso a descansar al pie de un frondoso pochote, quedándose dormida profundamente.

En tal estado la encontró un capitán castellano quien sólo se concretó a mirarla y admirarla. Deslumbrado por la belleza india que tenía a la vista no la turbó, hasta que el despertar fuese natural.

Despierta ya y espantada por la presencia del blanco junto a ella, se alejó y corrió hacia su palacio, donde halló a sus padres muy alarmados por haberse tardado en regresar, habiendo enviado a sus guardias a buscarla.

Al día siguiente y como de costumbre salió a su paseo a bañarse en el Guela Bupu; de regreso se halló con el blanco forastero, quien le habló de sus amores, siendo correspondido por ella.

No obstante el desconocimiento de las lenguas entre ambos, la simpatía y el donaire, la atracción y la admiración, las miradas jugaron definitivo papel y vino el entendimiento.

Natural da también que sus padres, los reyes, sabedores de los acontecimientos, no aceptaran en forma alguna la actitud de su real hija, para quien tenían reservada y resuelto ya su enlace con un broncíneo y valiente guerrero distinguido de los suyos.

La princesa rechazó inmediatamente y rotundamente la idea y proposición de sus venerados padres, les pidió clemencia, lo que no consiguió, jurando al cielo morirse antes que desposarse con el guerrero designado de su misma raza.

Llena de sórdida melancolía, desesperada e intranquila salió a su paseo ritual, a su cascada, a la Guela Pupu hermosa. Subió a lo más alto de la cima contigua desde donde se tiró para caer moribunda precipitadamente en Guela Butu, que arrastró el cuerpo inerme de la amada princesa, toda despedazada, toda ensangrentada.

Cuenta la leyenda que desde entonces los vecinos el lugar ven una hermosa jícara, siga , en zapoteco, que vaga en la superficie del agua y que nadie puede alcanzar, ni es capaz de intentarlo.

Saben que en ella va el corazón y la fuerza del amor de la hermosa Donají, símbolo de la virtud y la entereza de la glorificada raza zapoteca”.

martes, octubre 07, 2008

Una Zapatilla de Cristal





I

Quizás crean que es orgullo, pero están equivocados, no me queda nada de eso. Ustedes me han atribuido tremendas infamias, de las que claramente soy capaz, pero inocente.
Les pido que olviden mi nombre, ya poco significa. Una vez fue grande, así es, en la época en que mi padre estaba al servicio de la ciudad. Su espalda era ancha, su cabellera negra brillante. Nadie podía negar el poder de su espada, o desobedecer la voz de trueno que liberaba su garganta. Un día el viejo rey, que no sabía como pagar la deuda que la ciudad tenía con los amos del norte, mandó a mi padre y a otros valientes a combatir al oeste. Debían traer oro, especias y esclavos. Los ancianos les dieron una bendición, como es costumbre entre los guerreros de nuestro pueblo, los Vucari, ellos partieron.
Mi madre quedó esperando, las noches más frías lloraba, en silencio, abrazada a la a una de nosotras o la almohada. Mi hermana mayor le ayuda con las comidas, las venden en las calles, es invierno y ganamos algo de dinero calentando el cuerpo de nuestros ciudadanos.
Uno, dos, tres y cuatro años pasaron. La guerra del oeste se ha hecho larga, los hombres del norte quieren más tributos, nosotros debemos pagar. Más hombres salen con la luna nueva. Sus rostros están pintado de negro si son solteros, o visten piel de loba si tienen una dueña. No hay solteros para nosotras, nadie nos lleva a los baile de medialuna o pide la mano de mi hermana.
Los que regresan tienen tiznada la mirada, aunque tengan sus cuerpos sanos, ya no están enteros. Los reclamos contra el rey se hacen más fieros, los guerreros exigen que el viejo monarca envíe a sus hijos a morir, como las familias hacen con sus varones.
El séptimo mes del último año de la guerra, el rey accedió. Ilich, Re’haj y Cyan, tres de los cinco vástagos del rey han dejado nuestra justa ciudad. Los reportes de su desempeño fueron claros, eran valerosos, fuertes. Re’haj fue el primero en caer durante un asedio, el rey lo lloró tres noches, y construyó una gran chimenea para mantener el fuego su alma siempre viva. Luego caería Cyan, el primogénito. Su cabeza fue cortada y puesta en una pica, para asustar a nuestros hombres. Ilich hizo exactamente lo contrario, tomó a los hombres y les guió directo a la ciudad de nuestros enemigos. Tres noches se bañaron en la sangre de guerreros y nobles. Tomaron a los mujeres, sus riquezas, sus niños. Para evitar la maldición de sus dioses, la quemaron, las llamas se veían aún más allá de los bosques del este.
Ilich volvió como lo hace un héroe, erigió una segunda chimenea para su hermano mayor. Y ordenó al pueblo su mantención, eran signos de nuestra eterna victoria. Más tarde nuestro padre regresó, junto con un puñado de guerreros. Se veía distinto, como si alguien le hubiese robado parte de la vida misma. Estaba delgado, su pelo tenía canas, pero su sonrisa era la misma.
-Tengo que hace un anuncio – dijo solemne – le he traído una hermana.
Mi madre palideció, en todo este tiempo nunca le había sido infiel, pero esto deshacía todo su esfuerzo como una gran burla.
-La respetarán – dijo – y no hablaremos más de este tema.
Mi nueva hermana tiene el cabello rojizo, como las mujeres de oeste. Su piel es pálida, sus ojos grises. Es la burla viva a mi madre y su fidelidad.
Los inviernos pasan, la extraña chica reza cada noche a dioses que no conocemos. Lo hace en su lengua, a veces llora, algunas otras siento como si alguien le contestara. No le temo, pero conozco aquello que escapa a lo natural cuando lo veo, mi madre también.
-¿Cómo se llama su pueblo? – pregunté a mi padre.
-No lo sé – dijo.
Mi padre me miraba con un rostro que yo identificaba como tristeza, pero con el tiempo he venido a identificar con la culpa. Me hizo prometer aquel día que por siempre mantendríamos las chimeneas, ese sería nuestro legado a la ciudad. Lo prometí, pero el día de su muerte, dos lunas después de nuestra conversación, se hizo un juramente ritual. Nuestro nombres quedaría para siempre ligado a las cenizas de aquellos príncipes muertos.
En el patio de nuestro solar, se hizo una pequeña chimenea, similar a la de príncipes y reyes, en honor a él. Aquella que su nueva hija atendería en exclusividad

II

Las lunas, los hombres y las mujeres siguieron pasando. Nuestra hermana se hizo fuerte, hermosa, pero al mismo tiempo transparente, como la gran diosa. El rostro de mi hermana mayor languideció y se volvió amargo. Mi madre ya no salía de su habitación, sólo rezaba con nosotras, comía, y lloraba.
Un dolor íntimo recorrió el cuerpo de nuestra nación cuan el rey murió, era el último de un linaje de guerreros puros. Había sido hábil cuando joven, fuerte cuando el árbol de la adultez dio su flor, y sabio cuando sus ramas perdieron todo su follaje. Nuestros amos de norte vinieron a vaciar nuestras arcas, a cobrar lo que nuestro rey aún debía, no teníamos lo suficiente.
Childaric, el rey de nuestros señores, decidió que era tiempo de que su pueblo tuviese una ciudad en el sur; trescientos caballeros entraron por el portal que antes nuestros reyes habían cruzado orgullosos.
Una tercera chimenea se alza, para nuestro rey. Pero no la construimos nosotros, son los hombres del norte, la hacen para ganar un lugar en el corazón del pueblo, lo consiguen.
En tres meses somos como ellos, bebemos con ellos, cantamos y dormimos con ellos. Su dioses son adorados en nuestras arenas.
Nuestros hombres parten en sus campañas, en los cinturones llevan las cabezas de sus víctimas. Podríamos ser nosotros, dicen las mujeres y bajan sus cabezas. Guardan la vergüenza en sus vientres, entre sus piernas.
Ilich es prisionero en su palacio, el mismo que lo vio nacer hace veinte años. La espada de su padre descansa al costado de un trono vacío. Aparece sólo para mantener las brazas de la chimeneas que se levantaron para honrar a sus orgullosos hermanos. Canta letanías, derrama lagrimas. Nosotras lo espiamos, mi hermana es la primera en reconocer su amor por esta triste criatura, pero sé bien que lentamente me siento tan ligada a él como alguna vez estuve a mi padre.
Mi hermana pequeña con once años, ya no es una niña. Nobles y guerreros ya la han notado. Aunque siempre esta cubierta por el hollín de las chimeneas, se mantiene hermosa, exótica. Una hija de otro mundo. Lo que atrae a todos, a mi me asusta. Quizás son sus labios rojos, casi como la sangre, sus ojos fríos y sin vida. O las llamadas que hace a las bestias, que parecen obedecer sus ordenes. Hasta las ratas cantan sus canciones, y los lobos agachan sus cabezas al verla. Algo en la hija de las cenizas parece salido del mundo blando, donde viven los demonios, los hados y los dioses.
No soy la única en notar su sombra, su extraña conexión con la vida. Nos ofrecen dinero por ella, más del que necesitamos para vivir cómodas el resto de nuestras vidas. Desearía que mi madre dijera que sí, pero su honor se lo impide. Sin embargo, hemos decidido que debe pagar por el alimento que le damos.
El primero en tomarla es un hombre llamado Athal. Es un gran guerrero de norte, de cabellos como el fuego, ha matado a muchos, necesita poseer belleza para salvar su alma. Paga más de lo que cobramos, mi madre sonríe por primera vez en años, ha vengado la humillación que mi padre le regaló. Está lista para vivir otra vez.

III

La sacerdotisa anuncia claros augurios el sexto día de primavera, es un día secreto, que nuestros amos no conocen. Unos pocos hemos venido, no más de sesenta, los viejos guerreros. Habla de cuan grandes seremos si marchamos al oeste, pero no en campaña, o no, dice que debemos migrar, cambiar. Habla de diez nuevas lunas, habla de un nuevo rey. Habla de sangre, de venganza, de dulces días de verano, de la muerte en invierno.
-Ilich se levantará el día que tome una esposa – dijo con la voz calma que tienen aquellos que ven el futuro – entonces el pueblo tendrá un nombre otra vez y nuestras almas podrán ser libradas del infierno, conseguiremos el perdón de los viejos reyes. Las estrellas Zoria y Danica me lo han dicho.
Miente, o al menos, no dice toda la verdad, no como la conozco ahora. Nuestros hombres, que han matado por otros, agradecen el calor de un nuevo futuro. Nuestras mujeres, que han regalado tantas noches al amor del demonio, agradecen. Pero el resto, los ausentes, aquellos que ya han vendido su alma, deben morir.
-El primer día del verano Childaric debe organizar una fiesta, un carnaval para sus dioses. Esperaremos que una novia aparezca entre una de las familias nobles, veremos que sigue. La novia será hija de Chernobog, pero caminará con los pasos de Bielobog. Habrá sangre tras sus pasos.
Sigue mintiendo, ya sabe la respuesta. Lo sabe, pero quiere que juguemos al compás de la música de los inmortales. Cree en tiempos muertos, en una grandeza que no hemos conocidos desde los tiempos que el gran Perún caminaba en las tierras del este.
Nadie cree en un oráculo que ya no tiene capilla.

El invierno es duro, hay hambre, no sólo en nuestra villa, en las del sur, donde se levanta un gran imperio, la gente grita plaga. Lobos y osos han comenzado a atacar en los caminos, ni siquiera los sacrificios a los dioses del norte dan solución al demonio que vive en el pecho de mi gente, el miedo o más que eso, el terror que nos domina.
Mi hermana parece tranquila, espera por sus clientes de la tarde. Ya no llora, sólo está en silencio, en su habitación. Ese día, como otros, la escucho hablar con las ratas que se pasean por los corredores. Yo la espío en silencio.
Ha tomado una daga, la misma que mi padre usaba en las ofrendas de verano. Corta su mano izquierda, la primera sangre en dejar su cuerpo cae sobre su vestido, el resto la usa para hacer un pequeño circulo, suficiente para contenerla. En su extraña lengua llama a una de las ratas, la que se entrega feliz en sacrificio.
La daga abre su vientre, dejando viseras y sangre fluir en libertad plena. La sombra escucha el llamado y se desliza por el suelo, obedece al viejo ritual. Se desliza gentil por el piso, inunda la habitación.
-Llamaste – dice. – señora de las cenizas.
Mi hermana, en silencio levanta la vista y la contempla con sus ojos grises. Ya no sé quien es, o lo que es. El aire huele ocre, ácido, como ropa vieja y sudada.
-¿Cuál es tu nombre? – preguntó la niña.
-No has ganado el derecho a poseer mi nombre – dijo la aparición – pero puedes pedirme un don. Lo manda la tradición, un sacrificio, un deso, un pellizco, un beso. Son las viejas reglas. Todo tiene un costo.
-Conozco la lengua de los antiguos, vieja madrina, un día pediré tu favor y no podrás decirme que no.
-Hasta entonces.

IV

A nadie comenté mi visión, sólo guardé mi silencio. Bajo toda circunstancia evité los ojos cenizos de mi hermana. Ella simplemente fue un fantasma yendo y viniendo entre las chimeneas y la casa.
Los hombres se habían alejado de ella, hasta los más pequeños sentían algo de temor al enfrentarla. Pero la historia de terminar aquí, no valdría la pena.
Ilich aceptó hacer un baile de equinoccio, antes de que las nieves traigan el dolor y el hambre a los hombres. Nuestros amos lo tomaron como un divertimento menor. Y permitieron a todos los nobles concurrir con sus hijas.
La villa se vio visitada por viejos aliados, jóvenes visitas, y las hijas más hermosas de los poblados cercanos. Se mataron doce cerdos jóvenes, trece corderos y muchas más codornices. El olor de la abundancia se elevo hasta donde viven los dioses. A ellos no les gustan los excesos, el hombre debe ser humilde, o jamás conocerá la felicidad.
Mi hermana mayor y yo nos sabíamos invisibles. Pero debíamos ir, por lealtad y por amor. Para cumplir los planes de la sacerdotisa debemos

V

Las palabras pronunciadas las desconozco, tampoco conozco las visiones que la oscuridad regala a los que pueden vivir respirándola, pero entendía que el regalo que recibió no venía de este mundo. Su vestido, o la carreta que la llevó al castillo.
No la invitamos, la profecía aseguraba que la novia sería de nuestro pueblo, mi hermana no lo era, no del todo. Pero ella estaba ahí, hermosa como un espectro del bosque, como las dríadas que mi padre nombraba en sus cuentos.
Ilich y todos los demás asistentes la amaron, no como se ama a una mujer, sino como se ama TODAS las mujeres. Ella era deseo, cualquiera que hubiese caído entre sus piernas esa noche, habría enloquecido. Seis bailes se dieron esa noche, sólo el último fue para el príncipe.
Lo que se dijeron escapa a mi conocimiento, como muchas otras cosas, pero sé que ella tomó entre sus manos el puñal del príncipe, y cuando estuvo cerca de Childaric, el amo de los hombres del norte, enterró el crudo puñal en su entrepierna. Luego volvió a cortar, en ele, más arriba. Las vísceras negruscas del gran hombre fueron vertidas en el suelo, ella, mi hermana, bañada en su sangre siguió caminando. Ahora hacía otros señores, los guerreros intentaron defenderse, pero nada la detenía. Sus manos eran navajas, o mejor dicho, espadas. A los que gritaban, cortó la lengua, a los que se quedaron mirando, sacó los ojos. Era medianoche, la hora de las brujas, ella desaparecía, en el paroxismo de una noche, simplemente desapareció.

VI

Ilich se hizo fuerte en palacio y esa misma madrugada, junto a un puñado de hombres, asesinó a todos los mensajeros y visitantes, nadie contaría esta historia fuera de nuestra gente. En los bosques dio caza a los arqueros que parecían siempre acompañar a los hombres del norte y destruyó el altar de Wotán.
Pero la chiquilla que comenzó todo ya no estaba, sólo un zapato de cristal había sido dejado atrás. Se puso una recompensa, quien fuese su dueña sería su esposa. Todas las mujeres del pueblo fueron probadas. Hasta que a nuestra casa entró, mi hermana mayor quiso detenerlo y pagó con su vida la osadía. Nadie se pondría entre Ilich y su profecía.
Mi hermana dormía en el sótano, con sus ratas, y sus magias. El zapato era claramente suyo. Al oído confesó su identidad, él respondió haciéndola suya sobre el suelo cenizo. Sus gritos inundaron los patios y asustaron a los animales. Luego ordenó quemar la casa, mi madre y yo fuimos llevadas a palacio, donde meses más tarde fuimos juzgadas. Crueles, proxenetas, traidoras. Nos llamaron.
La nueva reina se sentó a la diestra de su señor. Las cenizas fueron lavadas de su cabello, y las yagas de sus pies sanadas. En invierno estaba embarazada del heredero. No hubo más ataques de los hombres del norte, aunque nuevos enemigos aparecieron, la leyenda de los príncipes sangrientos mantuvo alejado a muchos intrusos.
La vieja murió en la primavera, sin decir nunca nada en su defensa. Para mí hubo piedad. Me marcaron la cruz en la mejilla, para mostrar que había cometido un crimen contra mi gente, se me dieron monedas y un caballo. Emprendí rumbo norte, luego al oeste. Buscando el pueblo fantasma del cual mi padre engendró a su monstruosa hija. No lo he encontrado aún, pero moriré buscando conocer esas palabras, las que salvaron a mi pueblo y se devoraron mi vida.

viernes, agosto 22, 2008

¿Los Recuerdan?




Cameo de nuestros viejos amigos en otro jueguito que hicimos por ahí. Suerte!

lunes, agosto 11, 2008

Últimos trabajos

Ficciones, ficciones, sólo ficciones para construir la verdad.





jueves, agosto 07, 2008

Hogar



Vaciló un instante en el corredor y echó una última y larga mirada al camino que tenía a su espalda: a los verdes árboles que crecían a su vera, a los campos amarillos, a las distantes colinas y a la brillante luz del sol. Después abrió la puerta, entró y la cerró tras de sí.
Se volvió al oír el extraño ruido de la puerta al cerrarse y solamente apareció una pared en blanco. No existía picaporte ni cerradura y si acaso tenía bordes aquella puerta, ajustaban tan bien que no se distinguían en absoluto.
Ante él vio un vestíbulo lleno de telarañas. El piso tenía una espesa capa de polvo, en la que aparecían dos delgadas y alargadas huellas, como si fueran el testimonio del paso de dos serpientes muy pequeñas o dos gusanos muy grandes. Eran muy débiles y no reparó en ellas hasta que llegó a la primera puerta de la derecha, la que tenía la inscripción Aura Fidelis en viejos caracteres ingleses.
Detrás de la puerta encontró un pequeño cuarto rojo, no mayor que un vestidor grande. En un lado había una sola silla, con una pata rota y colgando un retrato, enmarcado con elegancia. Pendía torcido y el cristal estaba agrietado. No había polvo en el piso y parecía como si el cuarto hubiera sido limpiado recientemente. En el centro del piso yacía una cimitarra curva. Tenía manchas rojas sobre la empuñadura, y en el filo se podía apreciar una gruesa capa de un líquido verdoso. Fuera de esto, el cuarto estaba vacío.
Después de permanecer allí un largo rato, cruzó el vestíbulo y entró al cuarto del lado opuesto. Era grande, del tamaño de un pequeño auditorio, pero sus desnudas paredes negras lo hacían parecer más pequeño, a primera vista. Tenía muchas hileras de butacas de teatro de color púrpura, pero no se veía plataforma ni escenario alguno y los asientos comenzaban a tan sólo unos cuantos centímetros del liso muro de enfrente. No tenía nada más, aunque sobre el asiento más cercano descansaba una ordenada pila de programas. Tomó uno de ellos, pero se lo encontró en blanco, a excepción de dos anuncios comerciales en la contraportada, uno de cepillos de dientes Duralón y el otro anunciando un parque residencial. En una de las primeras páginas vio que alguien había escrito a lápiz la palabra o nombre Torres.
Se metió el programa en el bolsillo y regresó al vestíbulo, oteando ávidamente en busca de las escaleras. Detrás de una puerta cerrada frente a la que pasó, escuchó que alguien, obviamente aficionado, hacía surgir notas de lo que le pareció una guitarra hawaiana. Llamó a la puerta, pero sólo obtuvo por respuesta el sonido de unos pies alejándose precipitadamente, y después, el silencio. Cuando abrió la puerta y miró dentro, sólo vio un cadáver, en proceso de descomposición, colgando de la lámpara y el olor que lo asaltó fue tan nauseabundo que cerró la puerta apresuradamente y se dirigió a las escaleras.
Las escaleras eran angostas y estaban torcidas. No había barandilla y tuvo que apoyarse en la pared para subir. Se dio cuenta de que los siete primeros escalones estaban limpios, pero, en cambio, en el polvo que había más arriba del séptimo peldaño vio otra vez las huellas paralelas. A la altura del tercer escalón, partiendo de la parte superior, convergían y se desvanecían.
Entró en la primera puerta a la derecha y se encontró en una espaciosa habitación, lujosamente amueblada. Se dirigió a una gran cama de postes tallados en madera y descorrió las cortinas. La cama estaba muy bien hecha, y en la almohada vio un papel clavado con un alfiler. Una mano de mujer había anotada rápidamente, San Remo, 1931. Sobre el reverso, otra mano había copiado una ecuación algebraica.
Abandonó el cuarto en silencio, pero se detuvo en la puerta para tratar de percibir un sonido que provenía de atrás, de un portón negro al otro lado del corredor.
Era la voz profunda de un hombre cantando en una lengua extraña y poco familiar. Se elevaba y descendía en una cadencia monótona como un himno budista, repitiendo a menudo una incomprensible palabra que le parecía vagamente familiar, y la voz sonaba como la suya, pero ahogada por sollozos.
Permaneció con la cabeza inclinada hasta que la voz se esfumó en un triste y trémulo silencio y la penumbra se arrastró por la galería con la pericia de un experimentado ladrón.
Entonces, como despertando, caminó a lo largo del ahora silencioso corredor hasta que llegó a la tercera y última puerta y advirtió que su nombre estaba impreso, sobre el panel superior, en diminutas letras de oro. Quizá habían mezclado radio con el oro de las letras, porque brillaban en la semioscuridad del amplio pasillo.
Permaneció un buen rato con la mano sobre el picaporte, y finalmente entró, cerrando la puerta a su espalda. Escuchó el chasquido de la cerradura y supo que nunca se abriría de nuevo, pero no sintió temor.
La oscuridad era una masa negra y tangible que retrocedió de un salto cuando encendió un fósforo. Observó entonces que el cuarto era una reproducción exacta de la habitación de la casa de su padre, cerca del parque: la habitación en la cual había nacido. Ahora sabía donde buscar las velas. Encontró dos en un cajón, y un pequeño trozo de una tercera, y supo que, encendidas una tras otra, durarían casi diez horas. Prendió la primera y la puso en el candelabro de latón de la pared, desde donde proyectaba sombras danzarinas de cada silla, de la cama y de la pequeña mesa situada al lado de ésta.
Sobre la mesa contigua, en el cesto de costura de su madre, había un diario viejo; tomó la revista y la hojeó ociosamente.
Al cabo de un rato la dejó caer al suelo, pensando tiernamente en su esposa, quien había muerto muchos años atrás; una débil sonrisa tembló en sus labios al recordar algunos pequeños incidentes de los años, días y noches que pasaron juntos. También pensó en muchas otras cosas.
No fue sino hasta que sólo quedaba media pulgada de vela, en la novena hora, y la oscuridad empezaba a espesarse en los rincones más alejados del cuarto, cuando gritó, golpeó y clavó las uñas en la puerta, hasta que sus manos se convirtieron en sangrienta carne viva.

miércoles, agosto 06, 2008

Necrosis



Era como una pesadilla. Como uno de esos sueños irreales de los que te despiertas a la mañana siguiente. Sólo que esta pesadilla estaba sucediendo de verdad. Delante de mí alcanzaba a distinguir la linterna de Casanova: un gran ojo amarillo en la sofocante oscuridad estival. Me tropecé con una lápida y por poco no me desparramo de bruces. Casanova se volvió hacia mí, siseando un juramento.
-¿Es que quieres despertar al vigilante, imbécil?
Susurré una respuesta y continuamos andando sigilosamente. Por fin, Casanova se detuvo y enfocó el haz de la linterna sobre una lápida recientemente cincelada. En ella podía leerse:

BOLIVAR PANNIOL

1879–1934

Reunido con su amada esposa en una tierra mejor

Sentí que me ponían una pala en las manos y, repentinamente, estuve seguro de que no podría hacerlo. Excavé en la todavía blanda tierra y la arrojé por sobre mi hombro. Unos quince minutos después mi pala entró en contacto con la madera. Ambos nos pusimos a ensanchar el agujero rápidamente, hasta que la linterna de Casanova reveló el ataúd. Nos metimos en el pozo y lo izamos.
Atontado, contemplé cómo Casanova machacaba los cerrojos con la pala. Luego de unos pocos golpes éstos se rompieron y pudimos alzar la tapa. El cadáver y nos miró con ojos vidriosos. Sentí que el horror se derramaba lentamente sobre mí. Siempre creí que los ojos permanecían cerrados cuando uno estaba muerto.
-No te quedes allí –susurró Casanova – son casi las cuatro. ¡Tenemos que largarnos de aquí!
Envolvimos el cuerpo con una manta y regresamos el ataúd al pozo. Lo tapamos y reemplazamos el césped, rápido pero cuidadosamente. Dispersamos toda la tierra que nos sobró. Para cuando cargábamos con el cuerpo amortajado de blanco ya los primeros rastros del alba comenzaban a iluminar el cielo oriental. Atravesamos la valla que bordeaba el cementerio y nos internamos en el bosque que lo limitaba por el oeste. Casanova se abrió paso expertamente durante unos cuatrocientos metros hasta que lo cruzamos y llegamos al automóvil, que seguía estacionado donde lo habíamos dejado, en una rodada abandonada y cubierta de malezas que alguna vez había sido un camino. El cadáver fue a parar al baúl. Poco después nos unimos al flujo de automovilistas que se apresuraban en alcanzar el tren de las seis.
Me contemplaba las manos como si nunca antes las hubiera visto. La mugre que tenía bajo mis uñas había estado amontonada sobre el lugar de reposo final de un hombre, menos de veinticuatro horas atrás. Se sentía inmundo. La atención de Casanova se concentraba por entero en la conducción del coche. Al mirarlo comprendí que el repulsivo acto que acabábamos de cometer no le preocupaba en lo más mínimo; para él se trataba de un trabajo más. Nos desviamos de la carretera principal y empezamos a remontar el sinuoso, estrecho y sucio camino. Y entonces salimos al espacio abierto y pude verla, la casona que se elevaba en la cumbre de la empinada pendiente. Casanova dió la vuelta y sin decir una palabra enfiló hacia la escarpada roca de un acantilado que se alzaba durante otros doce metros más, un poco a la derecha de la casa.
Se produjo un horrendo sonido chirriante y se abrió una parte de la colina lo suficientemente ancha como para permitir el paso del automóvil. Casanova nos condujo adentro y apagó el motor. Nos encontramos en una estancia pequeña, con forma de cubo, que servía como garaje oculto. En ese momento se abrió una puerta al otro extremo y un hombre alto y rígido se nos acercó.
El rostro de Estefano Panniol parecía una calavera; tenía unos ojos insondables y una piel que se le tensaba tanto sobre los pómulos que la carne era casi transparente.
-¿Dónde está? —su voz era profunda, ominosa.
En silencio, Casanova se bajó y yo lo seguí. Casanova abrió el baúl y sacamos la figura envuelta en la manta.
Panniol asintió lentamente.
-Bien, muy bien. Tráiganlo al laboratorio.

II

Conocí a Casanova en un bar. Fue mi primera experiencia en una taberna. Tenía una licencia de conducir falsificada, así que pedí los rons suficientes como para emborracharme. Imaginé que lograrlo me llevaría algo así como dos rons puros, ya que nunca antes de aquella noche había tomado más que una botella de cerveza.
Se sentó en el asiento junto al mío y me miró con atención.
-¿Tienes algún problema? —le pregunté bruscamente.
Casanova sonrió.
-Sí, ando buscando un ayudante.
-¿Ah, sí? —le pregunté, interesado—. ¿Te refieres a que quieres contratar a alguien?
-Sí.
-Bien, soy tu hombre.
Comenzó a decir algo pero luego cambió de idea.
-Mejor vayamos a un reservado y conversémoslo, ¿te parece?
Nos dirigimos a un reservado y comprendí que me estaba arriesgando demasiado. Casanova tiró de la cortina.
-Así está mejor. Ahora, ¿quieres un trabajo?
Asentí.
-¿Te preocupa de qué pueda tratarse?
-No. ¿Cuánto es la paga?
-Quinientos el trabajo.
Se evaporó un poco la niebla rosada que me rodeaba. Algo no andaba bien allí. No me gustó nada la forma en que usó la palabra «trabajo».
-¿A quién tengo que matar? —pregunté con una sonrisa poco jovial.
-No tienes que hacerlo. Pero antes de que pueda decirte de qué se trata, tendrás que hablar con el señor Panniol.
-¿Quién es?
-Es un... científico.
La niebla se evaporó más aún. Me levanté.
-Uh-uh. No tengo interés en servir de conejito de indias. Consíguete a otro flaco.
-No seas idiota —me dijo—. Nadie te hará daño.
-Bien, vamos —respondí, en contra de mi buen juicio.


III

Tras una recorrida por la casa que incluyó al laboratorio, Panniol se refirió al propósito de mi labor. Vestía un guardapolvo blanco y había algo en él que hacía que me estremeciera por dentro. Se apoltronó en la sala y me señaló un asiento. Casanova había desaparecido. Panniol me observó con esos ojos penetrantes y una vez más sentí que me atravesaba una corriente helada.
-Se lo explicaré de este modo —dijo— mis experimentos son demasiado complicados como para describirlos con lujo de detalles, pero están relacionados con la carne humana. Con carne humana muerta.
Empecé a notar que sus ojos se iluminaban con llamaradas vacilantes. Parecía una araña lista para zamparse una mosca, y toda la casa era su tejido. El sol se inflamaba al oeste, y profundos charcos de sombras se extendían por el cuarto, ocultando su rostro, pero dejando los relucientes ojos, como si se movieran en la creciente oscuridad.
Él continuaba hablando:
-A menudo, las personas donan sus cuerpos a los institutos científicos para su estudio. Desafortunadamente soy un hombre que trabaja en solitario, de modo que tengo que recurrir a otros métodos.
El horror saltó sonriendo desde las sombras, y por mi mente se filtró la horrible imagen de dos hombres cavando a la luz de una luna imprecisa. Una pala golpeaba la madera; el ruido congeló mi alma. Me puse de pie de un salto.
-Creo que puedo encontrar el camino hasta la puerta, señor Panniol.
Se rió suavemente.
-¿Le comentó Casanova cuál es la paga por este trabajo?
-No estoy interesado.
-Mal hecho. Esperaba que pudiera verlo a mi manera. No le llevaría más de un año ganar el dinero suficiente como para volver a la universidad.
Me sobresalté, experimentando la extraña sensación de que aquel hombre estaba escrutando mi alma.
-¿Cuánto sabe de mí? ¿Cómo lo averiguó?
-Tengo mis recursos —rió entre dientes de nuevo—. ¿Va a reconsiderarlo?
Vacilé.
-¿Hacemos la prueba? —me preguntó suavemente—. Estoy convencido de que ambos podemos llegar a un mutuo entendimiento.
Tuve la terrible impresión de estar hablando con el mismísimo diablo, que de algún modo me había obligado a venderle mi alma.
-Preséntese aquí a las ocho en punto, pasado mañana a la noche —me dijo.
Así fue como todo empezó.

En cuanto Casanova y yo ubicamos el cadáver envuelto del otro Panniol, el muerto, sobre la mesa del laboratorio se encendieron unas luces detrás de unos paneles rectangulares que parecían tanques de vidrio.
-Panniol —sin darme cuenta, había olvidado llamarlo señor— me parece...
-¿Ha dicho algo? —preguntó, con sus ojos atravesando los míos. El laboratorio pareció alejarse. Sólo quedábamos nosotros dos, precipitándonos en un submundo repleto de horrores que estaban más allá de la imaginación.
Casanova entró vestido con una blanca chaqueta corta, y rompió el hechizo al decir:
-Todo listo, profesor.
Casanova me detuvo en la puerta.
-El viernes, a las ocho.
Un escalofrío helado y terrible me corrió por la espalda cuando miré hacia atrás. Panniol había tomado un escalpelo y estaba cortando la sábana que cubría el cuerpo. Ambos me miraron de manera extraña y yo me largué de allí.
Me subí al auto y rápidamente desanduve el angosto y sucio sendero. No volví la mirada. El aire era puro y caliente, con una promesa de verano en ciernes. El cielo era azul, con algodonosas nubes blancas deslizándose por la cálida brisa estival. La noche anterior parecía una pesadilla, un sueño vago que, como todas las pesadillas, se vuelve irreal y transparente cuando resplandece la brillante luz del día. Pero cuando conduje más allá de las verjas de hierro del Cementerio Crestwood comprendí que no se trataba de un sueño. Cuatro horas atrás mi pala había removido la tierra que cubría la tumba del viejo tío muerto de mi cliente.
Un nuevo pensamiento me asaltó por primera vez. ¿Qué le estaban haciendo a aquel cuerpo en ese momento? Relegé la pregunta a un profundo rincón de mi mente y apreté el acelerador. Me concentré en manejar el auto, agradecido por haber alejado de mi mente, al menos durante un rato, la terrible acción que había llevado a cabo.


IV

El paisaje se borroneaba a medida que aumentaba la velocidad. Los neumáticos chirriaron en una curva y, cuando salí de ella, varias cosas sucedieron al mismo tiempo.
Vi a una camioneta imprudentemente estacionada en medio de la línea blanca, a una muchacha de unos dieciocho años corriendo justo hacia mi auto, y a un hombre mayor detrás de ella. Clavé los frenos, que explotaron como bombas. Maniobré el volante y el cielo de repente se encontró debajo de mí. Entonces todo se acomodó y comprendí que había dado una vuelta de campana. Por un momento quedé aturdido, pero entonces un grito fuerte y chillón, penetrante, me atravesó la cabeza.
Abrí la puerta y corrí a toda velocidad por la ruta. El hombre tenía a la muchacha y estaba arrastrándola hacia la camioneta. Era más fuerte que ella, pero la chica le estaba arrancando unos centímetros de piel por cada paso que él daba.
El tipo me descubrió.
-Tú te quedas donde estás, compañero. Yo soy su tutor.
Me detuve y me sacudí las telarañas de mi cerebro. Era exactamente lo que él había estado esperando. Cargó con un puñetazo que me asestó a un lado de la barbilla y me derribó al suelo. Agarró a la muchacha y prácticamente la arrojó dentro de la cabina.
Cuando logré levantarme él ya estaba en el asiento del conductor y haciendo rechinar los neumáticos. Pegué un salto y me subí al techo justo cuando arrancaba. Por poco no salí despedido, aunque tuve que arañar como cinco capas de pintura para poder sujetarme. Entonces extendí un brazo a través de la ventanilla abierta y lo sujeté del cuello; con una maldición, el tipo me agarró de la mano. Dio un volantazo, y el camión giró locamente al borde de un empinado terraplén.
Lo último que recuerdo es la trompa del camión apuntando hacia abajo. Entonces mi contrincante me salvó la vida al pegarme un tirón del brazo; salí dando volteretas justo cuando el camión se zambullía por el precipicio.
Aterricé duro, aunque la piedra en la que aterricé lo era más. Todo se desvaneció.
Algo fresco me tocó la frente cuando recuperé el sentido. Lo primero que vi fue la luz roja que destellaba en el techo del auto de aspecto oficial, estacionado junto al terraplén. Me erguí de repente, y unas manos suaves me empujaron hacia abajo. Unas manos agradables, las manos de la muchacha que me había metido en este enredo.
Tenía a un paco delante de mí:
-La ambulancia está en camino. ¿Cómo se encuentra?
-Machucado —le dije, sentándome de nuevo—. Aunque dígale a la ambulancia que se largue. Estoy bien.
Intentaba sonar impertinente. La policía era lo último que necesitaba luego del "trabajito" de las últimas noches.
-¿Qué puede decirme sobre esto? —preguntó el policía, sacando una libreta de notas. Antes de contestarle caminé sobre el terraplén. El estómago me dio un vuelco. La camioneta estaba enterrada de trompa en el suelo, y mi compañero de boxeo estaba transformando a aquella buena tierra en un barro rojizo con su propia sangre. Yacía grotescamente, con una mitad dentro de la cabina, y con la otra mitad fuera. Los fotógrafos estaban haciendo sus tomas. Estaba muerto.
Retrocedí. El agente de policía me miraba como esperando que vomitara pero, gracias a mi nuevo trabajo, mi estómago era admirablemente fuerte.
-Yo venía conduciendo desde el este —le respondí— aparecí doblando aquella curva…
Le conté el resto de la historia con la ayuda de la muchacha. Justo cuando terminé llegó la ambulancia. A pesar de mis protestas y de las de mi todavía anónima amiga, fuimos empujados a la parte trasera. Dos horas después teníamos el visto bueno de salud por parte del agente de policía y de los doctores, y nos pidieron que testimoniáramos en las pesquisas de la semana siguiente. Encontré mi automóvil en el bordillo. Se encontraba un poco peor que antes, aunque las ruedas reventadas habían sido reemplazadas. ¡En el salpicadero había una factura que daba cuenta de los gastos del camión grúa, de los neumáticos, y del escuadrón de limpieza! Ascendía a casi doscientos cincuenta dólares; la mitad del cheque por el trabajo de la noche anterior.
-Pareces preocupado —dijo la chica.
Me volví hacia ella.
-Um, sí. Bien, ya que esta mañana casi nos asesinan juntos, ¿qué te parece si me dices cómo te llamas y vamos a almorzar a algún lado?
-De acuerdo —dijo ella—. Mi nombre es Victoria Portillo. ¿Y el tuyo?
-Danny —respondí inexpresivamente mientras nos apartábamos del bordillo. Cambié de tema con rapidez—. ¿Qué sucedió esta mañana? Le escuché decir a ese tipo que era tu tutor...
-Sí —confirmó.
Me reí.
-Te enterarás por los diarios vespertinos.
Ella sonrió gravemente.
-De acuerdo. Era mi custodio. También era un borrachín y un tipo despreciable.
Sus mejillas se tiñeron de rojo. La sonrisa desapareció.
-Lo odiaba, y me alegro de que haya muerto.
Me echó una mirada cortante y por un instante vislumbré el húmedo brillo del miedo en sus ojos; luego recuperó su autocontrol. Estacionamos y comimos el almuerzo.
Cuarenta minutos después pagué la cuenta con mi dinero recientemente adquirido y regresamos al auto.
-¿Hacia dónde? —pregunté.
-Motel Bonaventura —dijo ella—. Es donde estoy parando.
Ella notó un sobresalto de curiosidad en mis ojos y suspiró.
-Está bien, estaba huyendo. Mi tío David me encontró e intentó arrastrarme de vuelta a casa. Cuando le dije que no iría me metió en la camioneta. Estábamos pasando esa curva cuando le arrebaté el volante de las manos. Entonces llegaste tú.
Se encerró en sí misma como una almeja y no intenté obtener más nada de ella. Había algo extraño en su historia; no quise presionarla. La acerqué hasta la playa de estacionamiento y apagué el motor.
-¿Cuándo puedo verte de nuevo? —pregunté—. ¿Qué tal si vemos una película mañana?
-Seguro —contestó.
-Pasaré a buscarte a las siete y media —le dije y me alejé, reflexionando pensativamente en los eventos que me habían ocurrido en las últimas veinticuatro horas.


V

Cuando entré en el departamento el teléfono estaba sonando. Lo descolgué y tanto Vicki como el accidente y el luminoso mundo laboral de la California suburbana se fundieron en un submundo de sombras, de seres fantasmas. La voz que susurraba fríamente en el receptor era la de Panniol.
-¿Problemas? —inquirió con suavidad, aunque había un tono ominoso en su voz.
-Tuve un accidente —le contesté.
-Leí acerca de eso en el diario… —la voz de Panniol se arrastró. El silencio descendió sobre nosotros durante un momento y luego dije:
-¿Eso significa que me está descartando?
Esperé que dijera que sí; yo no tenía la valentía suficiente para renunciar.
-No —respondió con suavidad—, tan sólo quería asegurarme de que no reveló nada sobre el... trabajo... que está realizando para mí.
-Pues bien, no lo hice —le dije lacónicamente.
-Mañana a la noche —me recordó—. A las ocho.
Hubo un click y luego el tono de discar. Me estremecí y colgué el receptor. Tenía la extrañísima sensación de acabar de cortar una comunicación con la tumba.
La mañana siguiente a las siete y media en punto pasé a buscar a Vicki por el Motel Bonaventure. Ella estaba ataviada con un vestido que le daba un aspecto estupendo. Le silbé por lo bajo; ella se ruborizó encantadoramente. No hablamos del accidente.
La película era buena y nos tomamos de la mano parte del tiempo, comimos palomitas de maíz parte del tiempo, y nos besamos una o dos veces. Todo aquello en una tarde agradable.El segundo detalle importante sucedió llegando al climax de la película, cuando un acomodador bajó por el pasillo.
Se detenía en cada fila y parecía irritado. Finalmente se plantó en la nuestra. Barrió la fila de asientos con el haz de la linterna.
-¿Sí? —pregunté, sintiendo la culpa y el miedo corriendo a través de mí.
-Hay un caballero en el teléfono, señor. Dice que es una cuestión de vida o muerte.
Vicki me miraba sobresaltada mientras yo seguía al acomodador apresuradamente. Alertaron a la policía. Mentalmente tomé nota de mis únicos parientes vivos. La tía Polly, la abuela Phibbs y mi tío abuelo Charlie; hasta donde yo sabía todos ellos seguían con vida.
Podrían haberme derribado con una pluma cuando levanté el receptor y escuché la voz de Casanova.
Habló rápidamente, con una cruda señal de miedo en su voz:
-¡Ven aquí, ahora mismo! Necesitamos...
Había sonidos de lucha, un grito ahogado, luego un chasquido y el tono vacío del discado.
Colgué y regresé a toda prisa junto a Vicki.
-Ven —le dije.

Me siguió sin preguntarme nada. Al principio pensé en conducir hasta el motel, pero el grito ahogado me hizo decidir que se trataba de una emergencia. Ni Casanova ni Panniol me gustaban, pero sabía que tenía que ayudarlos.
Nos largamos.
-¿De qué se trata? —preguntó Vicki ansiosamente, mientras yo pisaba el acelerador y hacía patinar el automóvil.
-Mira —le dije—, algo me dice que tienes tus propios secretos con respecto a tu tutor; yo también tengo los míos. Por favor, no preguntes.
Ella no volvió a hablar.
Tomé posesión de la senda de paso. El velocímetro subió de ciento veinte a ciento treinta, continuó aumentando y tembló al borde de los ciento cuarenta. Entré en el desvío en dos ruedas, y el auto se zarandeó, se aferró al piso y empezó a volar por el sendero.
Podía ver la casa, siniestra y lúgubre contra el cielo encapotado. Detuve el auto y me encontré afuera en un segundo.
-Espera aquí —le grité a Vicky por sobre mi hombro.
Había una luz encendida en el laboratorio; abrí la puerta violentamente. Estaba vacío pero arrasado. El lugar era un lío de tubos de ensayo rotos, aparatos destrozados y, sí, unas manchas sangrientas que cruzaban la puerta entornada que llevaba al garaje en sombras. Entonces advertí el líquido verde que fluía por el suelo en pegajosos riachuelos. Por primera vez noté que se había roto uno de los diversos tanques. Caminé por encima de los otros dos. Las luces que tenían adentro estaban apagadas, y los paneles que los cubrían no dejaban ver qué podrían haber tenido dentro o, ya que estamos, qué era lo que todavía tenían.
No tenía tiempo para andar mirando. No me gustó nada la vista de la sangre, todavía fresca y sin coagular, que se dirigía a la puerta delantera del garaje. Abrí la puerta con cuidado y entré en el garaje. Estaba oscuro y no sabía dónde buscar el interruptor de la luz. Me maldije por no traer la linterna que guardaba en la guantera. Me adelanté unos pocos pasos y me di cuenta de que una corriente de aire frío me soplaba contra la cara; avancé hacia ella.
La luz del laboratorio arrojaba un dorado pozo de luz a todo lo largo del suelo del garaje, aunque no llegaba a alumbrar nada en esa espesa negrura. Regresaron todos mis infantiles miedos a la oscuridad. Una vez más me introduje en esos reinos del terror que sólo un niño puede llegar a conocer. Comprendí que la sombra que me espiaba desde la oscuridad no podría disiparse con ninguna luz brillante.
De repente, mi pie derecho pisó el vacío. Adiviné que la corriente de aire provenía de una escalera en la que casi me había caído. Lo debatí durante un momento, pero luego me volví y atravesé de prisa el laboratorio y corrí hacia el auto.


VI

Vicki se me vino encima en cuanto abrí la puerta del auto.
-¿Qué estás haciendo aquí?
Su tono de voz me hizo mirarla con atención. Su rostro se veía aterrorizado bajo el enfermizo resplandor de la luz.
-Trabajo en este lugar —expliqué brevemente.
-Al principio no advertí donde nos encontrábamos —dijo ella, con lentitud—. Sólo una vez estuve aquí.
-¿Has estado aquí antes? —exclamé— ¿Cuándo? ¿Y por qué?
-Una noche —dijo reservadamente—, le traje la comida al tío David. Se la había olvidado.
El nombre hizo sonar una campanilla en mi mente. Ella comprendió que yo intentaba recordar de quién se trataba.
-Mi tutor —explicó—. Quizás lo mejor sería que te cuente toda la historia. Probablemente sepas que no se suele designar como tutor a las personas que tienen problemas con la bebida. Bien, el tío David no siempre los tuvo. Hace cuatro años, cuando papá y mamá murieron en un choque de trenes, el tío David era la persona más amable que te puedas imaginar. La corte lo designó como mi tutor hasta que yo llegara a la mayoría de edad, con mi sustento completo.
Se quedó callada durante un momento, reviviendo sus recuerdos, y la expresión que le cruzó por los ojos no fue nada agradable; luego continuó el relato.
-Hace dos años cerró la compañía en la que trabajaba como vigilante nocturno, y mi tío se quedó sin trabajo. Estuvo desempleado durante casi año y medio. Comenzamos a desesperarnos, con tan sólo los cheques de asistencia social para alimentarnos y con la universidad amenazando con suspenderme. Entonces consiguió un trabajo. Era bien pago y originaba sumas fabulosas. Solía bromear sobre los bancos que había tenido que robar.
Sentí que el miedo y la culpa me daban golpecitos en el hombro con unos dedos fríos. Vicki siguió hablando.
-Comenzó a volverse irritable. Empezó a traer ron a la casa y a emborracharse. Me esquivaba en las ocasiones en que le preguntaba por su trabajo. Una noche me dijo que dejara de molestarlo y que me metiera en mis propios asuntos.Lo vi derrumbarse delante de mis propios ojos. Hasta que una noche se le escapó un nombre; Panniol, Steffen Panniol. Un par de semanas después olvidó llevarse su comida de medianoche. Busqué el nombre en la guía telefónica y se la llevé. Se puso terriblemente furioso, como nunca lo había visto.En las semanas que siguieron se quedaba más y más tiempo en esta casa horrible. Una noche, cuando volvió a casa, me pegó. Yo decidí escapar. El tío David que conocía estaba muerto, al menos para mí. Pero me atrapó... y entonces llegaste tú.

Se quedó callada.
Me estremecí de la cabeza a los pies. Tenía una idea bastante aproximada acerca de qué fue lo que hizo el tío de Vicki para ganarse la vida. La época en la que Casanova me había contratado coincidía con aquella en la que el tutor de Vicki perdiera el control. En ese instante estuve a punto de arrancar el auto y largarme, a pesar de la salvaje carnicería del laboratorio, a pesar de la escalera secreta, incluso a pesar del reguero de sangre en el piso. Pero entonces un grito lejano y débil llegó hasta nosotros. Manoteé el botón del compartimiento de la guantera, metí la mano dentro, y la revolví hasta encontrar la linterna.
La mano de Vicki me apretó el brazo.
-No. Por favor, no lo hagas. Sé que algo terrible está pasando aquí. ¡Condúcenos lejos de eso!
El grito sonó de vuelta, esta vez más debilitado, y tomé una determinación: agarré la linterna. Vicki me adivinó la intención.
-Muy bien, iré contigo.
-Uh-uh —dije—. Tú te quedas aquí. Tengo el presentimiento de que hay algo... suelto allí afuera. Tú te quedas aquí.
Volvió al asiento de mala gana. Cerré la puerta y regresé corriendo al laboratorio. Entré de nuevo al garaje, sin detenerme. La linterna alumbró el agujero oscuro donde la pared se había deslizado para revelar la escalera. Con la sangre tamborileándome densamente en las sienes, me aventuré allí abajo. Fui contando los escalones, apuntando con la linterna hacia las anodinas paredes, hacia la impenetrable oscuridad de las profundidades.
-Veinte, veintiuno, veintidós, veintitrés...
Al llegar al treinta, la escalera se convirtió repentinamente en un corto pasadizo. Empecé a atravesarlo sigilosamente, deseando tener a mano un revólver o incluso un cuchillo que me hiciera sentir un poco menos desnudo y vulnerable.
De repente un grito, terrible y colmado de miedo, resonó en la oscuridad que tenía enfrente. Era el sonido del terror, el sonido de un hombre enfrentado con algo salido de los más profundos fosos del horror. Comencé a correr. Mientras lo hacía advertí que la fría corriente de aire me estaba soplando directamente en la cara. Supuse que el túnel debía dar al exterior. Y entonces me tropecé con algo.
Era Casanova, tirado en el charco de su propia sangre; sus ojos contemplaban el techo con un horror vidrioso. La parte trasera de su cabeza estaba aplastada.
Delante de mí escuché el disparo de una pistola, una maldición, y otro grito. Corrí hacia allí y por poco me caigo de bruces al tropezar con unos nuevos escalones. Al subirlos distinguí, allá arriba, una escalera vagamente enmarcada contra una abertura cubierta con malezas. Las hice a un lado y me encontré con un cuadro sorprendente: silueteada contra el cielo, una figura alta que sólo podía ser de Panniol, con un revólver colgándole de una mano, y mirando hacia el suelo en sombras. Incluso las nubes, que se habían abierto brevemente para dejar pasar la luz de las estrellas, volvieron a cerrarse.
Él me escuchó y se dio vuelta con prontitud, con sus ojos vidriosos como linternas rojas en la oscuridad.
-Oh, es usted.
-Casanova está muerto —le dije.
-Lo sé —respondió—. Usted podría haberlo evitado llegando un poco más rápido.
-Oh, cállese —le contesté, enojado—. Me apuré...
Fui interrumpido por un sonido que, desde entonces, me ha venido persiguiendo en mis pesadillas, un horroroso sonido maullante, como si se tratara del grito de dolor de alguna rata gigantesca. Por el rostro de Panniol vi pasar el reconocimiento, el miedo, y finalmente un parpadeo de determinación, todo en cuestión de segundos. Me sentí profundamente aterrorizado.
-¿Qué es eso? —pregunté con la voz estrangulada.
Como al descuido, con toda su afectada indiferencia, barrió el fondo del pozo con el haz de luz, y alcancé a notar que su mirada se apartaba de algo.
La cosa maulló de nuevo y experimenté otro espasmo de miedo. Estiré el cuello para poder ver qué clase de horror yacía en aquel pozo, un horror capaz de lograr que incluso Panniol gritara de abyecto terror. Y justo antes de que pudiera verlo, un horrible alarido de espanto se alzó y desplomó desde el difuso contorno de la casa.
Panniol dejó de alumbrar el pozo con su linterna y la apuntó contra mi cara.
-¿Quién fue? ¿Con quién vino usted? —preguntó.
Pero yo tenía mi propia linterna encendida, de modo que volví a atravesar corriendo el pasadizo, con Panniol pegado a mis talones. Había reconocido el grito. Ya lo había oído antes, cuando una muchacha asustada casi se abalanza contra mi auto mientras huía de su maniático tutor.
¡Vicki!


VII

Escuché que Panniol ahogaba un grito cuando entramos en el laboratorio. El lugar estaba inundado del líquido verde. ¡Los otros dos recipientes estaban rotos! Sin detenerme, transpuse los recipientes destruídos y vacíos y salí por la puerta. Panniol no me siguió.
No había nadie en el coche; la puerta del lado del pasajero estaba abierta. Barrí el suelo con la luz de mi linterna. Aquí y allá se veían las huellas de una chica que calzaba tacones altos, una chica que tenía que ser Vicki. El resto de las huellas fueron borradas por algo monstruoso; vacilo al intentar considerarla una huella. Era más bien como si algo grande se hubiera arrastrado en dirección al bosque. Su enormidad quedó demostrada, además, cuando descubrí los arbolillos quebrados y la maleza aplastada.
Volví corriendo al laboratorio, donde Panniol estaba sentado con la cara pálida y estirada, contemplando los tres tanques vacíos y destrozados. El revólver estaba sobre la mesa; me apoderé de él y me dirigí hacia la puerta.
-¿Adónde se piensa que va con eso? —interpeló, poniéndose de pie.
-Afuera, en busca de Vicki —gruñí—. Y si llega a estar herida o... —no terminé la frase.
Me precipité en la aterciopelada oscuridad de la noche. Me zambullí en el bosque con la pistola en una mano y la linterna en la otra, siguiendo el sendero trazado por algo en lo que no quería pensar. La pregunta vital que me ardía en la mente era si tenía a Vicki o si aún la estaba arrastrando. Si la tenía en su poder…
Mi pregunta fue respondida por un grito agudo que no sonó demasiado lejos de mí. Salí corriendo, más rápidamente ahora, cuando de repente aparecí en un claro.
Quizás sea porque quiero olvidarlo, o tal vez sólo porque la noche era oscura y comenzaba a ponerse brumosa, pero lo cierto es que tan solo puedo recordar cómo Vicki apareció a la luz de mi linterna, corriendo hacia mí, para enterrar su cabeza contra mi hombro y sollozar.
Una enorme sombra se me acercó maullando de manera asquerosa, volviéndome casi loco del terror. Atropelladamente, escapamos de aquel horror en la oscuridad, de regreso a las reconfortantes luces del laboratorio, lejos del nunca visto terror que acechaba en la negrura. Mi cerebro, enloquecido por el miedo, me decía que si sumabas dos y dos obtenías un cinco.
Los tres tanques habían contenido tres cosas provenientes de los más oscuros abismos de una mente retorcida. Una había escapado; Casanova y Panniol la persiguieron. Había matado a Casanova, pero Panniol la hizo caer en el pozo disimulado. La segunda cosa se debatía ahora torpemente en el bosque, y de repente recordé que, fuera lo que fuese, era muy grande y le había llevado bastante tiempo arrastrarse hasta allí. Entonces comprendí que había retenido a Vicki en una hondonada. ¡Había llegado al fondo... con mucha facilidad! Pero, ¿y volver a escalarla? Estaba casi seguro de que no podría lograrlo.
Dos de ellas se encontraban fuera del juego. Pero, ¿dónde estaba la tercera? Mi pregunta fue respondida en ese preciso instante por un grito proveniente del laboratorio. Y por un… maullido.


VIII

Corrimos hasta la puerta del laboratorio y la abrimos. Estaba vacío; los gritos y los terribles sonidos maullantes provenían del garaje. Llegué a la puerta, y desde aquel entonces he estado agradecido de que Vicki se quedara en el laboratorio y se ahorrara la visión que me ha despertado de mil espantosas pesadillas.
El laboratorio estaba en sombras y lo único que podía distinguir era una enorme mancha moviéndose perezosamente. ¡Y los alaridos! Gritos de terror, los gritos de un hombre que se está enfrentando a un monstruo salido de los abismos del infierno. Algo maullaba espantosamente y parecía jadear complacido.
Mi mano se movió en busca de la llave de la luz. ¡Allí estaba, la encontré! La luz inundó el cuarto, iluminando un cuadro de horror que era el resultado del asunto de la tumba en el que había participado, tanto el tío muerto como yo.
Un gusano grande y blanquecino se retorcía en el suelo del garaje, reteniendo a Panniol con sus ventosas extendidas, alzándolo hacia esa boca rosa y goteante de la que provenían los desagradables maullidos. Las venas, rojas y pulsantes, sobresalían bajo su carne viscosa, y millones de diminutos gusanos serpenteaban en las vasos sanguíneos, en la piel, incluso formaban un gran ojo que me miró fijamente. Un inmenso gusano, compuesto de centenares de millones de gusanos, los festejantes de la carne muerta que Panniol había utilizado tan desvergonzadamente.
Inmerso en el submundo del terror, disparé el revólver una y otra vez. La cosa maulló y se convulsionó.
Panniol gritó algo mientras era arrastrado inexorablemente hacia la boca que esperaba. Aunque no podía creerlo, logré entenderle por sobre el horroroso sonido que producía la criatura.
-¡Dispárele! ¡Por el amor del cielo, dispárele!
Entonces noté los pegajosos charcos de líquido verde que, provenientes del laboratorio, se rebalsaban sobre el suelo. Me puse a buscar mi encendedor, lo encontré y lo accioné frenéticamente. De repente recordé que había olvidado cambiarle la piedra. De modo que busqué la cajita de fósforos, saqué uno y con aquél encendí todos los demás. Lo hice justo cuando Panniol gritaba por última vez. Distinguí su cuerpo a través de la translúcida piel de la criatura, que aún se sacudía mientras miles de gusanos se le pegaban como sanguijuelas. Sintiendo náuseas, arrojé los fósforos encendidos en el rezume verde. Era inflamable, tal como lo imaginaba. Estalló en llamas resplandecientes. La criatura se enroscó en una asquerosa pelota de carne pulsante y podrida.
Me volví y salí a los tropezones hasta donde se encontraba Vicki, pálida y temblorosa.
-¡Vamos! —le dije—; salgamos de aquí! ¡Todo el lugar va a arder!
Nos abalanzamos dentro del auto y nos alejamos a toda velocidad.

No queda mucho por agregar. Imagino que habrán leído todo lo referente al fuego que arrasó el barrio, y que destrizó con casi veinte kilómetros cuadrados de bosques y casas residenciales. No podría sentirme demasiado mal acerca de aquel incendio. Calculo que cientos de personas habrían sido exterminadas por las gigantescas cosas-gusano que Panniol y Casanova estaban engendrando. Volví a aquel lugar en el auto, luego del incendio. Todo estaba lleno de ruinas carbonizadas. No quedaban restos reconocibles del horror que contemplamos.
Pensar en una vida después de esto se hizo imposible, lo íncreible, al ocurrir censura las posiblidades de maravilla, dejando gris cualquier color que ofresca la vida.